Llevo doce años levantándome a las cinco y veinte. No por disciplina ni por trabajo. Me levanto porque a esa hora, en mi calle, todavía no ha llegado el ruido. Y porque la cafetera italiana, encendida a oscuras, hace un sonido que no se parece a ningún otro sonido del día.

El gesto es siempre el mismo. Bajo descalzo a la cocina. No enciendo la luz grande, solo la pequeña, la del extractor. Pongo agua hasta justo debajo de la válvula. Aprieto el café —medianamente, ni firme ni suelto— y atornillo la cafetera. La pongo en el fuego más bajo. Saco una taza, una sola, y la pongo en la encimera con el asa hacia la derecha.

Y entonces espero. Eso es lo importante: que hay una espera deliberada. Cinco minutos, quizá seis. Cinco minutos que no son para nada y por eso son para todo.

El sonido de la válvula

Hay un instante, en una cafetera italiana bien hecha, en que el agua empieza a subir por el conducto y el café aún no ha caído. Un silencio levísimo, casi una contención. Y luego un susurro, un crepitar, un "tsss" largo que culmina en el primer chorro oscuro contra el metal del depósito de arriba.

Taza blanca de café sobre tabla de madera
La taza siempre la misma. Es una superstición útil.

He aprendido a reconocer ese sonido como reconocemos la voz de alguien que vive con nosotros. Sé cuándo el agua está demasiado fuerte, cuándo el café se ha apretado en exceso, cuándo la junta de goma está vieja y deja escapar un suspiro lateral. Sé cuándo va a salir bueno antes de probarlo.

Las tres primeras gotas son siempre amargas. Las tres siguientes, las que importan. La cafetera italiana no es elegante, no es sofisticada, no es de moda en ninguna parte. Es un objeto de mil novecientos treinta y tres diseñado por un señor de Crusinallo que se llamaba Bialetti. Hace un café que sabe a café. Eso es todo lo que pide.

Lo que me gusta de la mañana
no es la mañana. Es el derecho
a no haber empezado todavía.

Lo que no se hace

Durante esos cinco minutos no hago tres cosas: no enciendo el teléfono, no enciendo la radio, no abro el periódico. He aprendido —tarde, después de muchos años haciéndolo mal— que el día empieza dos veces. Una vez al despertarse. Otra vez al recibir la primera información del mundo. Y que entre las dos cosas conviene poner una distancia. Una taza de café, por ejemplo. Una ventana mirada en silencio.

Cuando enciendes el teléfono antes del café, la mañana ya no es tuya. Es de quienquiera que te haya escrito. Es del titular del diario. Es de la notificación que te recuerda algo que no querías recordar todavía. La mañana, esa hora extraña en que aún tienes acceso a quien eras la noche anterior, se evapora sin haberla habitado.

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Bebo el café despacio, en la misma taza desde hace ocho años. Es una taza de cerámica blanca, sin asa elegante, levemente desportillada en el borde. Me la regaló mi madre. No es que la tenga reservada para esta hora: es que solo a esta hora soy capaz de notarla.

Miro por la ventana. En octubre, a las cinco y media, la calle de Verdi tiene una luz que no es luz: es una sospecha de luz, un azul muy fino que avisa que va a pasar algo. Pasa una furgoneta. Pasa un señor con un perro. Pasa, casi siempre, una vecina del cuarto que sale a fumar al balcón antes de irse al trabajo. Nos saludamos con la mano sin decirnos nada. Eso también es parte del ritual.

Una pequeña teología

No soy creyente, pero entiendo a los monjes. Entiendo por qué se levantaban a las cuatro y media a cantar maitines. No por castigo, no por penitencia, no por demostrarle nada a nadie. Lo entiendo por una razón mucho más sencilla: a esa hora todavía no ha empezado nada. Y empezar el día desde la nada —desde un silencio elegido, desde una taza puesta sobre una encimera limpia— es la única manera que conozco de empezarlo despacio.

Cuando termino el café, son las seis menos diez. Lavo la cafetera con agua sin jabón —el aluminio no admite jabón— y la dejo bocabajo sobre el escurridor. Aclaro la taza. Pongo la taza en su sitio, con el asa hacia la derecha, lista para mañana.

Y entonces, solo entonces, enciendo el teléfono. El día puede empezar. Pero ya no es lo primero que ocurre. Ya hay otra cosa antes. Ya hay un margen.

Eso es lo que estoy comprando, supongo, con esos cincuenta minutos diarios. Un margen. Una pequeña frontera. Un sitio en el día que es solo mío, que no le pertenece al trabajo ni a nadie, que ocurre antes de que el mundo decida ocurrir. Y resulta que cuesta exactamente lo mismo que una cafetera italiana de seis euros, comprada en una ferretería de barrio en mil novecientos noventa y nueve.

Una ganga, si lo piensas bien.

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